Karl Held — Emilio Muñoz

El Estado democrático

Crítica de la soberanía burguesa

Andar preocupándose por el éxito de la política y juzgar los objetivos de la misma midiéndolos en base a ilusiones, ideales u otros criterios que sólo existen en las mentes de algunos pensadores, en eso consiste una teoría burguesa del Estado. Recomendarle encarecidamente a un público ávido de saber en qué debe pensar y cómo ha de pensar acerca de ello que se haga cargo de las preocupaciones de los políticos, en eso reside la contribución de la Prensa a las ideas políticas de los ciudadanos. Y la única pregunta que se supone que éstos últimos se planteen ‑independientemente de qué cuestión nacional se trate, ya sea de la economía, los preparativos de guerra o la falta de valores en la sociedad‑, es: ¿quién, en vista de los problemas nacionales, es el mejor político? En esto reside la contribución de los ciudadanos al sistema.

Personas que mantienen una actitud tan devota hacia el Estado ‑venga la misma adornada o no con “reflexiones críticas” o bien con “datos sobre los antecedentes del caso”-, considerarán, sin duda alguna, un libro que no hace más que exponer los objetivos y la razón de ser del Estado “moderno” como un libro muy limitado o, simplemente, como demasiado “abstracto y teórico”. Un libro en que se explica, por ejemplo:

  • que el Estado garantiza la libertad e igualdad, porque es ésta la manera en que él toma en cuenta, si bien muy condicionalmente, la libre voluntad de sus ciudadanos;
  • que la ley y el orden no están hechos para prevenir la violencia;
  • que las medidas de prestaciones sociales que toma el Estado van dirigidas a asegurar el conveniente funcionamiento de una clase social determinada, y que, de ninguna manera, representan concesiones hechas a la mayoría de los ciudadanos ni tampoco actos de caridad;
  • que la competencia democrática por el poder político le garantiza a dicho poder su libertad frente a todos los intereses materiales del electorado; es decir que la existencia de elecciones democráticas de ninguna manera tiene por consecuencia que el ejercicio del poder político se vea sometido a la voluntad o a los intereses de los ciudadanos; y
  • que hay un papel que le toca jugar a la gente; a saber, el de servir de material humano siempre disponible para las “restricciones objetivas” o las “necesidades inevitables” que imponen la política interior y exterior.

Todas éstas son verdades impopulares, pero que no dejan de ser verdades.